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Secuestro y
muerte de 10 personas.
El día 18 de
Julio de 1992, tan
solo a diez días de cumplirse el segundo aniversario de gobierno
de Alberto Fujimori Fujimori, un grupo militar denominado Colina,
ingresó
a las Ciudad Universitaria de la Universidad Enrique Guzmán y
Valle,
La Cantuta y secuestró a nueve estudiantes y a un profesor. Los
padres de los alumnos y las autoridades universitarias denunciaron el
hecho
ante el Poder Judicial con las respectivas peticiones de Habeas Corpus
pero la autoridad judicial se pronunció en contra de tales
recursos
argumentando que los denunciantes tenían que probar la
existencia
de las víctimas antes de los hechos. La investigación de
la causa se vio frustrada por el tecnicismo planteado. Los padres de
las
víctimas y las autoridades universitarias, irritados,
insistieron
y acusaron a los miembros de las fuerzas armadas como autores de esa
conspiración,
pero estos negaron su participación, aun cuando el mencionado
centro
de estudios estaba bajo estricto control militar. Aún así
la autoridad judicial permaneció sin pronunciamiento.
Ante la
presión del pueblo, el periodismo, los padres de los afectados,
las autoridades de La Cantuta y los estudiantes de dicho centro, el
Comandante General del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, general
Nicolás Hermoza Ríos, al quedar sin escapatoria,
admitió que el 18 de Julio de 1992 las fuerzas armadas llevaron
a cabo una incursión en la Universidad La Cantuta por
órden del Alto Comando porque "habian sospechas fundadas que en
ese lugar se ocultaban terroristas". La admisión de la
responsabilidad de los cuerpos armados por parte de Hermoza Ríos
no fue suficiente pues en ningún momento este militar dio
razón del paradero de los afectados por la mencionada
incursión ni, tampoco, de los miembros de las fuerzas armadas
causantes de las desapariciones. Cínicamente enfatizó que
no habían detenidos. Las declaraciones de Nicolás Hermoza
Ríos generaron el repudio general y provocaron una
división marcada de opiniones en el seno de las fuerzas armadas,
hasta el punto que dichas opiniones se filtraron hacia el conocimiento
público.
El general
Rodolfo Robles y el grupo
"Leon Dormido".
Día a
día circulaban comentarios
que causaban dolor y pena en unos y la repulsa de otros y se murmuraba
con insistencia la oposición de un grupo de generales a Hermoza
Ríos. Cuando ello sucedía, el 3 de abril de ese
año,
apareció en escena un grupo llamado "León Dormido" cuyos
miembros hicieron llegar informes detallados a varios representantes
del
Congreso Constituyente Democrático en los que se consignaba el
rapto
o ilegal detención, asesinato y, también, ilegal
sepultura
de la diez personas de la Universidad Enrique Guzmán y Valle, La
Cantuta, todo ello ejecutado por el el escuadrón de la muerte
llamado
grupo Colina. El congresista Henry Pease se encargó de formular
la denuncia que dió lugar a la formación de una
comisión
investigadora salida de la Comisión de Derechos Humanos del
propio
Congreso Constituyente Democrático.
La cúpula
militar restó
importancia a las informaciones proveídas por el denominado
grupo
"León Dormido", aduciendo que se trataba de anónimos que
no ofrecían garantía alguna en la investigación.
Descalificada
esta fuente de búsqueda, la Comandancia de las Fuerzas Armadas
propaló
una serie de mensajes y comunicados entorno a este doloroso caso
insistiendo
que no habían detenidos. La actitud indiferente, cínica y
mentirosa de dicha comandancia puso en tela de juicio la ya escasa
idoneidad
de los oficiales de las fuerzas armadas y se gritó a voz en
cuello
la ausencia de un mínimo sentido de consideración humana
y sentimiento cristiano. Pero hubo una sorpresa y esta la dio el
general
Rodolfo Robles Espinoza quien, con fecha 06 de Mayo de 1993,
envió
cartas al Congreso y a diferentes medios de comunicación para
confirmar
las sospechas contra las fuerzas armadas y acusó tanto a
Vladimiro
Montesinos Torres, Jefe del Servicio de Inteligencia Nacional y asesor
del Presidente de la República Alberto Fujimori Fujimori,
así
como al general Nicolás de Bari Hermoza Ríos, a otros
generales
y oficiales superiores y a los integrantes del tenebroso grupo Colina,
de las desapariciones de 10 personas de La Cantuta. El general Rodolfo
Robles describió con lujo de detalles la operación del
grupo
Colina en La Cantuta, descripción muy aproximada a las
proporcionadas
por el denominado grupo "León Dormido", lo que indicaría
que Robles pertenecía a un grupo dentro de las fuerzas armadas
dispuesto
a terminar con la aterradora represión militar.
Los implicados:
acorralados, maniobreros
pero impunes.
Los altos mandos
castrenses reaccionaron
de inmediato ante las evidencias mostradas por Robles y los
anónimos
del grupo "León Dormido", resolviendo llevar a cabo su propia
investigación,
constituyéndose -de paso- en jueces y partes del conflicto. Con
la formación de una comisión paralela a la del Congreso
de
la República se buscaba entorpecer la labor de esta
última.
Para ello, adicionalmente, se recurrió a la intimidación
verbal descarada y a la amenaza pública contra los congresistas
de la oposición que bregaban por el esclarecimiento de la muerte
de diez peruanos. Hermoza Ríos haciendo gala de poder dijo que
no
permitiría que el Congreso llevara a cabo una
investigación
que era competencia del fuero castrense ignorando las facultades del
Poder
Legislativo plasmadas en la Constitución del Estado. Su
amenazante
perorata estuvo aderezada con un comunicado que pretendía
restarle
credibilidad a la comisión investigadora del Congreso y con un
despliegue
generoso de tanques de guerra y otros vehículos blindados que
ocuparon
las vías céntricas de Lima por más de 48 horas.
Uno
de los miembros de la comisión investigadora retrucó al
militar
señalando que en el momento del secuestro de las
víctimas,
la universidad estaba intervenida por el ejército el que
tenía
absoluto control de la Ciudad Universitaria y que, además, nada
se podía hacer en ese centro de estudios sin el consentimiento
de
esa institución. Por ello se tiene que afirmar que el
ejército
conoció las actividades del grupo secuestrador y autorizó
su ingreso a las instalaciones universitarias, por lo que
resultó,
también, ser uno de los implicados principales en el masivo
crímen.
Todo esto dio
orígen en el Congreso
Nacional a las detestables legislaciones de los fujimoristas que
culminaron
en la dación de la Ley La Cantuta. Primeramente la
mayoría
parlamentaria constituída por Cambio 90, partido del presidente
Alberto Fujimori Fujimori, aprobó un proyecto de ley que
restringía
el campo de investigación de la Comisión Investigadora
del
Congreso. Dicho instrumento prohibía tomar testimonios a aquel
personal
subalterno de las fuerzas armadas bajo sospecha de haber participado en
la ejecución del secuestro y muerte de diez personas vinculadas
a la Universidad Enrique Guzmán y Valle en La Cantuta y
solamente
los oficiales del alto comando castrense quedaban autorizados para
ello.
Así, la oficialidad superior evitó que algun subalterno
implicado
hiciera declaraciones comprometedoras como aquellas del subteniente
Hurtado
en relación con la masacre de Accomarca. Estas fueron
disposiciones
que servirían de protección en la comisión de
futuros
delitos contra los derechos humanos.
Dentro de las
limitaciones impuestas
por la mayoría parlamentaria, la Comisión del Congreso
encargada
de la investigacion continuó sus funciones y el 24 de Junio de
1993
la mayoría de sus integrantes presentaron un informe al Congreso
de la República en el que acusaron a:
Nicolás
Hermoza Ríos, Comandante
General del Comando Conjunto de la Fuerza Armada;
Vladimiro Montesinos Torres, asesor
del Presidente de la República;
Luis Pérez Documet, Jefe de la
División de Fuerzas Especiales del Ejército (DIFE);
Juán Rivero Lazo, Jefe del Servicio
de Inteligencia del Ejército (DINTE);
Luis Salazar Monroe, Comandante de la
Segunda Región Militar;
Julio Salazar Monroe, Jefe del Servicio
de Inteligencia Nacional (SIN);
Luis Martín Rivas, jefe del escuadrón de la muerte
denominado "Grupo Colina" sindicado como responsable de la
ejecución de la operación; y,
otros.
En respuesta a esta
acusación
y haciendo eco de las declaraciones de Hermosa Ríos de que no
habían
detenidos, la mayoría del Congreso (Cambio 90) aprobó el
informe de los miembros de la comisión presentado en
minoría
que relevaba la teoría del "autosecuestro" que un tiempo
después
utilizaria la congresista fujimorista Martha Chávez para
justificar
la tortura conta la ex agente Leonor La Rosa. La bancada oficialista
del
Congreso, finalmente, rechazó la moción que presentaron
la
mayoría de los integrantes de la comisión investigadora.
Hallazgo de los
cuerpos y un fiscal
de la nación. Ley La Cantuta o del abuso.
Seguido a la
aprobación de las
disposiciones que limitaban los ámbitos de pesquisa de la
Comisión
Investigadora del Congreso, apareció en escena una de las
evidencias
mas contundentes contra los implicados en las desapariciones y contra
los
autores de la ridícula "teoría del autosecuestro" en el
Congreso
de la República. En Julio de 1993 se hizo público el
hallazgo
de los cuerpos de algunas de las víctimas de La Cantuta y por
investigaciones
periodísticas se llegó a descubrir otros lugares de
sepultura.
El hecho de que las pertenencias hallados con los cuerpos fueran
reconocidas por los parientes, motivó la exasperación
contra
el gobierno y contra los aparatos militares que habían ocultado
la verdad.
La Fiscalía
de la Nación,
que se mostró vacilante y parcializada en todo momento,
ordenó
el retiro de todas las personas (familiares, amigos y autoridades de
organizaciones
de derechos humanos) que se encontraban en las cercanías de
aquel
lugar donde habían sido hallados los restos de los
universitarios
y del profesor a fin de iniciar sus pesquisas. El fiscal a cargo de la
investigación generó una dilación de una semana
aproximadamente
y en el interin desaparecieron algunas prendas identificadas durante el
descubrimiento de las tumbas. Sin embargo, las evidencias mostraron que
dichos cuerpos pertenecían a los desaparecidos de La Cantuta y
que
no se autosecuestraron como lo afirmó la mayoría
oficialista
del Congreso de la República. El "grupo Colina", jefaturado por
el mayor del ejército Luis Martín Rivas, fue
señalado
como el responsable de esta atrocidad.
El encubrimiento
era descarado y hasta
los jueces civiles se prestaron para facilitar la impunidad de los
supuestos
autores de los crímenes. A la sazón el Poder Judicial
estaba
bajo absoluto control del Poder Ejecutivo y los jueces eran forzados a
seguir las indicaciones gubernamentales o simplemente las
seguían
con sumisión en compensacion por sus nombramientos emanados
desde
el Ejecutivo. Así, cuando el sistema judicial había
entrado
en su período de receso, el Juez de Turno (reemplazante)
en
ilegal procedimiento, derivó lo actuado hacia la competencia
judicial
miltar y, con ello, puso fin a la responsabilidad de la justicia civil
de hacerse cargo de los delitos comunes. La justicia militar
decidió
conducir sus investigaciones en secreto. El Ministerio Publico, sin
embargo,
reabrió la investigación presionado por la visible
presión
peruana e internacional y en Diciembre de 1993 acusó a once
subalternos
de las fuerzas armadas, dejando establecido que Hermoza Ríos,
Montesinos
Torres sólo comparecerían en calidad de testigos para
proporcionar
pública informacion de los hechos.
Simultáneamente
la Corte Suprema
de Justicia también había decidido estudiar el problema
jurisdiccional
generado entorno a los acontecimientos de La Cantuta, aun cuando era
conocida
la posicion de la Corte de derivar casi todos los casos hacia el fuero
castrense, pero sorpresivamente el Congreso Contituyente
Democrático
-el 6 de Febrero de 1994- aprobó la Ley 26291 mediante la cual
la
jurisdicción militar se hacía cargo de la
investigación
de los crímenes de La Cantuta, así como del respectivo
jucio
a los que resultaren responsables de la masacre.
Fujimori
rubricó la ley tres días
después y con ello promulgó la consumación de la
injusticia.
Fujimori, asimismo, fue la pieza principal que promovió en el
Parlamento
todas las demandas de los militares para que el fuero castrense
reemplazara
a la Corte Suprema del Perú en las funciones de
investigación
de los hechos que causaron pena e ira a la Nación y del juicio
de
los responsables. Con ello los culpables directos jamás fueron
sancionados
y la impunidad de los delincuentes quedo institucionalizada.
Posteriormente, el
26 de noviembre de
1996, el general Rodolfo Robles fue secuestrado por un grupo de ocho
personas
pertenecientes al servicio de inteligencia y encarcelado en el Cuartel
"Real Felipe" de El Callao. Los altos mandos de las fuerzas armadas lo
acusaron ante el fuero militar de "ultraje a la fuerza armada",
"insubordinación",
"insulto al superior" y "oposición a la ley de amnistía"
entre otros cargos. Durante el seguimiento de la causa, el abogado de
Robles,
Heriberto Benítes Rivas, fue suspendido por tres meses por la
autoridad
judicial militar por supuestas ofensas "a la honorabilidad y la
mejestad
del Fuero Privativo Militar", sanción que luego fue extendida a
cinco meses. Con esta medida se pretendia dejar a Robles Espinoza sin
el
derecho de defensa para obligarlo a aceptar la dudosa
asesoría
de un defensor de oficio.
Como se sabe Rodolfo Robles Espinoza
apareció en escena al hacer pública su protesta contra
las
violaciones de los derechos humanos. Por medio de Robles se
llegó
a saber la verdad de las masacres de Barrios Altos y La Cantuta, el
atentado
contra Global Televisión en Puno llevado a cabo para encubrir
actividades
de tráfico de drogas, así como el atentado contra contra
la vida del Presidente del Tribunal Constitucional; actividades
delictivas
llevadas a cabo por el escuadrón de la muerte "grupo Colina",
dirigido
por Vladimiro Montesinos Torres asesor del Presidente de la Republica
Alberto
Fujimori Fujimori y por el Comandante General del Comando Conjunto de
las
Fuerzas Armadas general Nicolás de Bari Hermoza Ríos.
Los asesinos de los
nueve estudiantes
y del profesor de la Universidad Enrique Guzmán y Valle, La
Cantuta,
aún gozan de impunidad y muchos de ellos se encuentran en otros
países.
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