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PEDRO A. BOCANEGRA, EL GUERRERO DE LA BOHEMIA
Por Alfredo Grados |
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Pedro Augusto Bocanegra vio la
luz en Chiclayo en 1890, una ciudad silenciosa en aquel tiempo cuya
tranquilidad era interrumpida, por momentos, por el estruendoso
martillar de su padre al incandescente metal para forjarlo. Otras veces
la quietud chiclayana despertaba por el castañueleo de cascos de
erguidos corceles que daban la hora y que era motivo para que los
niños salieran de sus casas para colgarse detrás de las
carretas haladas. A veces la tranquilidad que mostraba la hoy
bulliciosa ciudad de Chiclayo era interrumpida también por el
grito de un paisano sindicalista contra el oportunista caudillo sin
temor a la presencia de los adulones que lo redeaban. Se dice que Pedro
nació en esta ciudad para engrandecer cada día su
corazón; maravillarse de las cosas del mundo; y liberar la
alegría atragantada, con su voz de muchachón.
Con la rebeldía del jóven sale de su querido hogar al encuentro de retos para enfrentarlos y marcar hitos históricos. Ya abordo del Zaña, en 1910, se preguntaría por su añorado pueblo natal; por sus amigos de la infancia; acaso meditaría en sus padres y en todo lo que dejaba. La lluvia de penas era pródiga y suficiente para humedecer su alma sensible. Ya no escucharía el tañir de cada martillar de su padre, don Santiago el herrero, ni recibiría la consejera caricia de su madre adorada. Sus padres comprenderían que cuando se es pobre y llegan los hijos al mundo, no se les puede detener a determinada edad de su vida sino dejarlos libre para que no se los trague el infortunio. Tal vez, en aquella embarcación, Pedro se diría que dejaba su tierra porque el sol chiclayano ya no era lo suficientemente fulgurante y ardiente para darle brillo y calor a su alma de aventurero y a su inspiración o quizá diríase que en ese entorno ya no había espacio para cobijar su corazón grande. Pedro lloró en su travesía sin retorno. Como voluntario se inscribió en el servicio militar, porque sólo los pobres son voluntarios, y lo hizo para que lo mandaran al frente en esos aciagos días que uno de nustros vecinos acechaba, pero en lugar de ello lo destinaron como integrante de la banda de músicos. Al terminar el servicio, Pedro decide quedarse en Lima y a partir de ese momento la alegría y la felicidad comienzan a soltar sus sonoras carcajadas creyéndose duraderas e invencibles. Uno de sus más bellos sueños se hacía realidad y hasta parecía que las calles de la gran urbe mostraban opulenta alegría para acompañarlo. Aquí Pedro echó las raíces que lo atraparían en tierra limeña hasta el ultimo segundo de su vida. Pedro A. Bocanegra era un hombre afable aunque su enorme apariencia de roble invencible, de rostro fuerte y ojos adormitados contrastaran con su carácter siempre jovial, alegre, bromista y amigable. Los vecinos de la calle Patos y del Callejón del Pino se srorprendieron aquella primera vez que vieron asomarse al vecindario a un hombre de apariencia terrible por su enorme tamaño, quien cierta mañana se presentó para ocupar un cuarto en ese lugar. Pero quién hubiera imaginado que esa enorme figura terminaría por cautivar el alma de un vecindario de alcurnia jaranera. La calle Patos viene a ser aquella cuadra de la actual avenida de la Emancipación, próxima al Convento de la Nazarenas, donde Pedro se acuarteló para guerrear en Lima de encantos y maravillas, armándose con la bandurria, la poesía y la melodía y vistiendo el uniforme de bohemio habitual que era el único que le quedaba a la medida. Sus alíados fueron la noche, la alondra y el ruiseñor. El legendario bohemio hizo amigos en todo distrito durante su noctámbula vida. Su presencia en barrios de otros cuarteles gozaba de una bienvenida permanente. Todos le abrían las puertas cuando el trinar de su bandurria y los cantos que su melodiosa voz interpretaban rompían la quietud de la noche. Todo volvía a la normalidad cuando ruiseñores, gallos y alondras se aconchababan para despertar al día. Era el momento de la retirada y Pedro lo sabía. La noche y la penumbra desaparecían y agotado se refugiaba en su cuarto del Callejón del Pino para dormir pesadamente. De esta manera, Pedro cambió su horario biológico y aprendió a desayunar cuando nacía el atardecer con sus cielos arrebolados que era el santo y seña para la preparación de una nueva batalla. Cuando no había motivo para salir del callejón se quedaba en su cuarto acompañado de amigos, guitarras, bandurrias, vihuelas y botellas de pisco; reuniones que Bocanegra solía llamar "ensayos" a los que se asociaban muchachos de otros cuarteles y distritos y los infaltables vecinos de la calle Patos. No habían quejosos por estas sonoras juergas. Por el contrario durante el día, cuando Pedro descansaba, se comentaban sobre las canciones, la calidad de la voces, los dichos [hoy venidos a menos] y las bromas. Así desarrolló su arte, en medio de amigos y trasuntando las sombras de la noche, llegando a formar diversos conjuntos de gran calidad entre los que destacó el dúo con Regino Guerrero. Cuenta la historia que en su producción artística quedaron inéditas muchas de sus composiciones, sin descartar a aquellas inconclusas como Sorderas, un vals nacido de una broma. Pero de Bocanegra recibimos como rica herencia la polca Los Voluntarios dedicada al coronel Emilio Soyer y los valses En Tu Día o La Bóveda Azulada, La Alondra, Entre los Dos, Mi Despedida, Separación, Soy la Hoja Desprendida y A Orillas del Mantaro, estas dos últimas piezas fueron compuestas en su voluntario asilo en Huancayo. También figuran en su obra los valses Todo Delirio, Smelter, Gran Serenata, Un Niño de Quinqué, y el arreglo para vals de la composición colombiana Los Ojos Negros. Es autor de los versos de Todo Delirio, El 29 de Mayo, Adriana y le puso música a Recuerdos de Arica y Chiclayana. La rutina que Pedro le dio a su vida fue minando su salud por lo que periódicamente y cuando la exigencia era mayor tenía que resignarse a permanecer en casa hasta su mejoría. Hacia 1920 fue invitado para amenizar una fiesta en el Valle del Mantaro en la que tenía que hacer contrapunto con otros conjuntos locales. Aprovechó esta ocasión para quedarse en Huancayo y recibir los beneficios de su generoso clima y de las opíparas pachamancas. En 1926 retorna a su reducto de la calle Patos y, también, a lo suyo. La vida de la jarana en Lima retomó bríos con su insigne trovador quien se prodigó en exceso motivando que su salud nuevamente se resquebrajara. La faz de Pedro fue cambiando lentamente y un pálido color se apoderó de ella. Gradualmente se fue debilitando hasta que, hacia el inicio del año de 1927, su cuerpo se postró pesadamente en su lecho ingresando en un sueño profundo e imperturbable. En todo momento y como siempre estuvo acompañado de amigos y en estas penosas horas ellos velaban sus sueños. En la madrugada del 4 de enero de 1927 Pedro A. Bocanegra se marchó para no volver jamás, sin esperar el trino de las aves aurorales y cuando sus amigos -que cual golondrinas esperaban despertalo en cada amanecer- habían sido derrotados por el cansancio. Seguidamente un fuerte temblor limeño los despertó para que se dieran cuenta que Pedro A. Bocanegra los había dejado. Uno de ellos en voz baja, musitó como un rezo que se apuñala en la garganta y queda prisionero en los labios, la despedida del trovador con una cuarteta del mismo Pedro: Anuncia las dos de la mañana, es la hora de partir mi dulce amor, no es la alondra, la aurora está lejana, es el dulce cantar del ruiseñor. Una multitud previsible con caras desencajadas lo acompañó hasta el único cementerio de Lima. El inagotable Bocanegra tenia que descansar en ese lugar pero las rapiñas de la Beneficencia Pública lanzaron sus restos a una zanja privándonos de las romerías y homenajes de aniversarios. |