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| PASADO Y PRESENTE DE
BARTOLA SANCHO DÁVILA La que fuera "Reina de la Marinera" Por Niko Cisneros |
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El
sol cae oblícuamente dorando el
antiguo callejoncito
bajopontino. Allí todo es paz y quietud. Al fondo,
una puerta
abierta
muestra un pequeño biombo que oculta celosamente el interior.
Sin
embargo, sobre él se aprecia un crucifijo y un ajo cuadro. Hay
limpieza
y óden, rico patrimonio de los pobres. En el umbral, una anciana
sentada sobre una antigua "silla de Viena" sin patas ni respaldo. Es
morena y my delgada. Encanecida y de mirada triste. Dos amarillentos
paítos pichones reposan en su falda acariciados rítmica y
pausadamente.
Ella se llama Bartola Sancho Dávila. Aquella morena que fuera
proclamada mil veces como "la Reina de la Marinera" languidece en
silencio con los últimos estertores de "la Lima que se va". Pero
Bartola fue joven algún día, pícara, zandunguera e
inquieta.Precisamente a poca distancia del jirón Cajamarca, donde se ubica su modesto hogar, por la esquina, pasó alegre y jacarandosa rumbo a la fiestera pampa de Amancaes. Los vecinos de la época la vieron en carreta de aquellas de barandales engalanados con guirnaldas y telas rojiblancas. Quizá bailando nuestra hermosa marinera, entre palmas y voces entusiastas, en el pequeño espacio de la plataforma, libre de personas y de baldes de anticuchos por hacer, mollejas y choncholíes mientras los jamelgos rumiaban penosamente su paso lento. Bartola, primera hermana del reconocido compositor Braulio Sancho Dávila, vio la luz primera en el callejón de la Cruz, del moreno barrio de Malambo. Era 1883. Allí bajo sus arboladas laterales fue a la escuela cercana, y en el interior del solar supo lo que era jarana desde muy pequeña. En ese ambiente festivo por tradición, en donde cada habitante era un maestro consumado del canto, "el toque" y el baile. Ya 10 años después, la esmirríada negrita arrancaba aplausos y exclamaciones a los mayores, convenciendo con la marinera airosa que sus pequeños pies dibujaban. A poco de cumplir 13 años, fue llevada a la presencia de don Nicolás de Piérola, reciente triunfador sobre Cáceres. Y el "Califa", después de acariciar las trenzas renegridas y ensortijadas, le auguró muchos éxitos con la danza nacional. Fue un padrinazgo simbólico. Y "Bartola la bailarina" fue famosa. Su celebridad nació en Malambo, pero la inhóspita pampa de Amancaes fue el altar de su consagración. Allí, en pareja con su buen compañero, el zambo claro Peña, derrotó a los que se le opusieron. A todos los astros y estrellas de la marinera, el tondero y la resbalosa, que fueron contratados en Lima y lejanas provincias para la competencia. Por tres lustros consecutivos la Sancho Dávila acaparó los triunfos. Parecía que los premios eran vitalicios para la airosa y delgada morena bajopontina. Era imbatible. Amaneció su época de oro y su nombre fue coreado con respeto y orgullo por criollos de distintas esferas, pues la figura modesta para el andar y señorial para bailar de Bartola no sólo circulaba en la pampa de las flores amarillas y delicadas, sino en todos los teatros existentes en los primeros treinta años del presente siglo [el autor se refiere al Siglo XX]. Fue la heroína de la jarana de los pobres y de los ricos. Danzaba por criollismo en los callejones húmedos y humildes, como también, por dinero, en las casonas y mansiones de la época. Allí sonriente y cordial, agradecía los cumplidos y estrechaba las manos alhajadas que la felicitaban con sinceridad, cuando aún era un pecado bailar lo nacional en los salones. Los lujosos espejos y límpidos ventanales de desaparecido Jardín Zoológico de extinguido Parque de la Exposición, fijaron muchas veces la policromía de su figura y lo airoso de sus movimientos. Fueron actuaciones especiales para la aristocracia limeña y para muchos embajadores diplomáticos que abonaron por su presencia, gustosos de ver de cerca a la tam mentada "Reina de la Marinera", al lado de las burbujas del champán. Su fama de bailarina invicta en mil y un cotejos movió la oferta de hacendados y empresarios del interior y hasta ellos fueron Bartola y el fiel zambo Peña. Los mejores danzarines de la costa se rindieron ante la evidencia de su sapiencia folklórica. Y la morena sonreía y sonreía mostrando la blanca dentadura y la pulpa roja de sus encías. Jamás el éxito la hizo variar. Siempre afable y cariñosa, generosa y modesta. Pero los años en su insistente desfilar doblegaron a la Sancho Dávila. Lo que no puedieron las más calificadas intérpretes del país, lo logró el tiempo. Sus piernas se hicieron duras y cansadas. La flexibilidad se ausentó. Las articulaciones se riendieron. Y hasta aquel brazo expresivo que llevó millares de veces el albo pañuelo que se abría como revolotear de paloma, se negó a servirle ya. Tuvo que retirarse y fiel a su orgullo bajopontino ancló definitivamente en el jirón Cajamarca. Tuvo un hijo, como las especies de raza, una sola cría. Los años hicieron suma y el recuerdo de Bartola Sancho Dávila se fue diluyendo por desaparición de sus contemporáneos y por el olvido cruel e injusto. El sol se ha retirado del estrecho callejoncito bajopontino. Agoniza la tarde dulce y serena con nubecillas de color rosa. Las sombras se atropellan. La calma y el sociego llaman a reposo. Doña Bartola se incorpora, introduce el banquito y deja a los patitos de pelusa en el interior de un abrigado cajón. Cierra la puerta y se arrodilla ante el crucifijo. Es la hora del Angelus. Atrás ha quedado "Bartola la Bailarina", vieja reliquia de las danzas nacionales cuya figura recreó y enseñó a varias generaciones de amantes de lo nuestro. Eso fue el pasado en leyenda y el presente nos pide que no perturbemos su sueño. Misia Bartola duerma y una estrellita parpadea en lo alto. |