EL VENDEDOR DE CANCIONEROS
Por Alfredo Grados
Informante: Sra. Graciela Rojas de Ludeña

 
 
Hasta comenzar la década del 30, caminaba por las calles de Lima un pintoresco comerciante cargando un paquete grande sobre el hombro o algunas veces una maleta de una moda antigua. En su periplo alrededor de la ciudad, un estribillo o un canto característico del momento anunciaba su presencia. Era el vendedor de cancioneros conocido también como el cancionerista, personaje que hizo su aparición a principios del Siglo XX ofreciendo ejemplares del Cancionero de Lima, la Lira del Misti, Alta Voz y una gran variedad de ediciones que tuvieron vida gracias a este histórico personaje. Por su labor fue declarado el genuino y predilecto difusor de la música y el canto. La radio se introduce en el Perú a mediados de 1934.  

Dicen los antiguos que el vendedor de cancioneros de épocas remotas anunciaba su presencia en el vecindario entonando un ya olvidado pregón que describía los aires musicales componentes de su empaquetada mercadería. Así, dependiendo de los repertorios acopiados en las diferentes ediciones el estribillo anunciaba la llegada de valses, habaneras, polcas, piezas de zarzuelas, mazurcas, boleros, danzones, tangos, one steps, etc. Los que se abstenían de ir por las calles buscando personas interesadas en su producto se quedaban en una plaza pública o en un cruce peatonal concurrido que les facilitara llegar con prontitud a las personas y vender sus canciones. Algunos tomaban posesión de un lugar cercano a las puertas de un teatro o de una carpa coliseo como aquel que se encontraba en el área donde actuamente está el Hotel Bolívar con el fin de ofrecer las canciones.  

Su trabajo consistía en hacer conocer la letra y la melodía de una canción que se difundía desde los teatros hacia los transeúntes o a un vecindario. Ello lo llevaba a cabo acompañado de una bandurria o una vihuela que posteriormente reemplazara por la guitarra. Algunos iniciales de estos trovadores de la difusión usaban formas más antiguas de interpretación de la música criolla, en particular, y lo hacían con instrumentos de viento como la trompeta y bajos como la tuba y el corno. En este caso era infaltable el tambor. Esta última forma de propagandizar su mercadería fue efímera por la incomodidad de acarrear el instrumental de un lado a otro y porque el márgen de ganancia no era suficiente para los participantes.  

La mayoría de comerciantes de cancioneros caminaban acompañado de su esposa o compañera y a veces se hacía acompañar por niños que podían ser sus hijos o sobrinos o personas adultas quienes cantaban o con quienes cantaba las canciones demandadas por el público que deseaba adquirir un ejemplar. Estos difusores del arte popular eran guitarristas y se les veía llevar una o dos guitarras no sólo para promocionar su mercadería sino para enseñar las canciones a sus clientes. Eran extraordinarios cantores, muchas veces solicitados para jaranas y otros ágapes.  

Siendo el destino de su colección la venta, su actividad la iniciaba acopiando las canciones que estaban en la moda para lo cual tenía que detenerse en las ventanas donde se llevaba a cabo un ágape o celebración o ingresar a un teatro para escuchar las piezas musicales y transcribirlas a un papel o hacerlas escribir por otra persona con rapidez inusitada. Su habilidad no solo destacaba por la retención en la memoria de los versos de las canciones sino también por la retención de la melodías de la canciones las que tarareaba una a una sin equivocarse.  

El vendedor de cancioneros era poseedor de un arte exquisito en la caligrafía pues cuando se agotaban los cancioneros o cuando un cliente le hacía un pedido especial de un repertorio con piezas seleccionadas, entonces escribía con pluma, tinta líquida y secante las canciones elegidas. Por el trabajo que demandaba estos cancioneros escritos a mano se vendían por página y el precio podía ser aún mayor en el caso de enseñar las canciones requeridas.  

En épocas germinales de la canción criolla, los "mozos" acostumbraban a organizar paseos a los huertos de la campiña limeña que se encontraba en las afueras del Cercado. Allá fuera, donde esperaban silenciosos campos rodeados de aromos y enramadas, llevaban intérpretes de calidad para que amenizaran el momento. Como ya se mencionó, el vendedor de cancioneros era un intérprete talentoso, lo que le valía ser invitado para que deleitara a los excursionistas, para posteriormente ser contratado con el mismo propósito. Casi con certeza se puede decir que el vendedor de cancioneros, criollos furtivos y cantores negros llevados a esos paseos enseñaron el vals en el estilo peruano.  

Este personaje del canto y la música peruana pasó al total olvido en la segunda mitad del Siglo XX.
 

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