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| DELIA VALLEJOS, UNA
CHIQUILLA Por Niko Cisneros |
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Las primeras notas
musicales que
envolvieron la blanca cuna de Delia Vallejos, fueron aquellas que
llegaban del vecino muelle Dársena en el Callao.
Diariamente la sinfonía del trabajo con cadenas, grúas y piñones en movimiento. Crepitar de motores de explosión. Silbidos de locomotaras y el constante ir y venir de las pesadas ruedas de los trenes de carga inundaba su primer hogar de la calle Constitución. Y así bajo la musicalidad de instrumentos inapropiados su oído tuvo temprano uso de razón, tan es así que ya a los diez años era una de las principales vocalistas del coro del Colegio María Auxiliadora. Delia no tuvo la suerte de otras estrellas de la canción criolla que bebieron de la propia fuente de las fiestas, de las jaranas el sabroso elíxir de nuestra música propia. Su hogar era eminentemente austero, grave y monótono, sin celebraciones ni visitas. Todo su conducto con el cancionero estuvo en el pequeño radiorreceptor que le enseñó la cadencia de los valses, polkas y marineras en las voces de Esther Cornejo o Rosita Ascoy. En 1941, acompañada y estimulada por varias compañeras de aulas se atrevió a viajar sin permiso a Lima e ingresó tímidamente por las puertas de Radio Goicochea. Nelson Arrunátegui la atendió y días después acompañda por el criollo piano de Lucho Romero, salía al aire su canción inicial, el vals Obsesión de Miguel Paz. A los tres meses cambió de estudios, al ingresar al elenco de Radio Lima, mediante el cobro de tres soles y un pasaje de ida y vuelta al Callao por audición. En esa emisora se forjó. Su calidad mejoraba arrolladoramente y, ente el interés de otras radiodifusoras, Radio Lima aseguró a su futura estrella abonándole 150 soles mensuales, cifra que sólo recibían Alicia Lizárraga y Pipo Cómena, sus puntales de sintonía. Pero si bien Delia se transformaba en auténtica y solicitada estrella profesional, en cambio era la chiquilla de siempre. Quienes la veían y escuchaban entre aplausos no se imaginaban que la exitosa intérprete era aquella niña que todas las tardes patinaba en el Malecón Figueredo hasta la caída del sol, hora en que le decía hasta mañana al mar apacible y rumoroso y a las pequeñas embarcaciones que jugaban prisioneras de sus boyas. El accionar del tiempo le había permitido dar casi vuelta completa en todas las emisoras y teatros locales, cuando fue contratada para el exterior. Era 1946 y con sus 21 años floridos, plenos de ilusiones llegó a La Paz, Bolivia para actuar en Radio Cóndor y Confitería París, en este último local acompañada nada menos que por la Orquesta de Canaro. Mas el frío reinante y las molestias de la altura no le consintieron mayor estada que la que fijaba el contrato inicial y en su primer día de libertad, Delia enrumbó hacia la Argentina, hacia Buenos Aires. Durante doce meses permaneció en la capital del Plata, presentándose en Radio Splendid y grabando para el sello Odeón. Me Duele el Corazón, El Plebeyo, El Huaquero, Oración del Labriego, etc., se impregnaron fuertemente en los oídos de los argentinos y la ‘peruanita’ alcanzó los halagos de la fama y el dinero. Pero Delia seguía siendo la chiquilla de siempre. En los días domingo y feriados se le podía ver gozando infantilmente en el Parque Japonés [hoy Retiro]. Encaramada sobre góndolas mecánicas, surcando túneles en pequeños vehículos o experimentando la risa y el vértigo en lo alto de la Rueda Chicago. O también casi a diario en los cines continuados, consumía cinco películas y medio kilo de melosos bombones. Un año después, o sea en 1948, los escenarios de su existencia cambiaron. Con nueva jira, Delia Vallejos recorría triunfalmente Ecuador, Colombia y Venezuela, siempre a dúo con el éxito, dándole simpatía y conciencia a la canción criolla. Fueron meses inolvidables en que su voz mensajera distribuía valses, polkas y marineras que aún se recuerdan por esos lares. Otra vez en Lima y otra vez ungida por la preferencia de los amantes de nuestra música. Completó el número de emisoras y teatros que le faltaba actuar, grabó nuevamente y después sumergióse en la monotonía de la vida diaria. Una estrella de luz propia, estática en el cielo sin límites. Ya no habita en el Callao, el bullicioso puerto que le viera nacer. Ahora su hogar está ubicado en Chacra Colorada, sector urbano tan joven como progresista. Y Delia, pese a su juventud y calidad, vive allí entregada a sus recuerdos y al cuidado de la autora de sus días, su más ferviente admiradora y el estimulante de sus éxitos. La cancionista actúa en cortas temporadas porque las sumas que le ofrecen no son de su complacencia. Delia es así. Pero todo puede cambiar. Existe la insistencia de un contrato para Colombia y Venezuela y quizás para el mes de julio, el mes de la Patria, nuevamente la voz mensajera de Delia Vallejos proclame las excelencias de la canción criolla, más allá de nuestras fronteras, en otra jira de buena voluntad y lauros. Seguramente algún día volverá nuevamente a Lima y constataremos que Delia no habrá cambiado, será la chiquilla de siempre. La de los patines veloces, los azucarados bombones y la vertiginosa Rueda Chicago. Así está escrito en su destino. |