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LA TRAGEDIA DE ELME EN EL HUAYNO
Por Alfredo Grados |
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Hacia el año de 1830 la feudal Huamanga, en el Perú de los Andes, guardaba los encantos de una pintoresca aldea con sus callecitas nacidas en su plaza principal i que muy pronto desaparecían al llegar a los bordes de su hermosa campiña que se hermanaba con la naciente urbe con el trajinar hormigueante de laboriosos huamanguinos. Desde la plaza principal no se caminaba mucho para alcanzar esos límites i ello se hacía entre las alertas miradas de llamas, alpacas i acémilas apostadas a los lados de la calzada. El comercio huamanguino destacaba por el trueque, es decir el intercambio directo de valores que eliminaba los regateos. Durante la semana el pueblo se mostraba solitario i abandonado. Con los amaneceres andinos todos huían hacia los campos i la mayoría retornaba cuando el sol palidecía sobre las paredes balancas de las casas. Los que tenían una choza en su chacra o un lugar donde guarecerse se quedaban allí para recomenzar el diálogo con la tierra antes que las aves aurorales rompieran el silencio. El indio de esos lugares tomaba esto como una misión i no le importaba o no sabía si ese día era martes o domingo. Sabía, sí, que tenía un compromiso con la tierra i con la vida. Un paisano borrachín con un bolo de coca que formaba una protuberancia en la cara que parecía reventar una de sus mejillas, saludaba con cortesía i con un pequeño discurso a cada persona que transitaba frente a él. Algunos se detenían para libar unas copas de aguardiente con este hombre de las calles mientras otros preferían ignorarlo o despreciarlo. Acaso sí con esa actitud se esforzaban en ocultar algún remoto drama que llevaban a cuestas o quizá con el desprecio pretendían herir al fantasma que conocía muchos de los secretos de la gente de la noble Huamanga. Una de las personas que guardaba un respeto especial por el alcohólico hombre era Jesús Santos quien en las ocasiones que lo encontraba no vacilaba invitarlo para ir juntos a alguna casa i servirse un plato de chupe verde acompañado de un jarro de cedrón con aguardiente i canela. Jesús Santos, a la sazón, era un hombre de unos 45 a 48 años de edad, trabajador, honrado i dedicado al comercio de artículos de plata. Recorría muchos parajes tratando de llegar a los pueblos donde se hallaban los orfebres a quienes les compraría el producto de sus trabajos. Uno de ellos, en otro tiempo, había sido el hombre con quien en ese momento libaba tragos, hoy dedicado a la bebida desde que se enteró que su mujer lo engañaba i fue Jesús Santos quien lo consoló i le dio calurosa amistad. La despedida era siempre amable i cortés. Los sones sentimentales de un huayno brotaban de una guitarra ayacuchana que un viejo huamanguino acariciaba todas la mañanas. Las melodías llenaban los espacios del pueblo i daba ganas de llorar. Con la voz quebrada por el tiempo a veces cantaba canciones de autores desconocidos i también las propias que se convertirían luego en piezas exquisitas de autor anónimo. La voz de la tradición cuenta que el artista acostumbraba a componer canciones para relatar los acontecimientos diarios del pueblo i de algunos otros aledaños como cantos fúnebres, de matrimonio, noviazgos, traiciones conyugales, ruptura de amoríos, festividades locales, etc., i quizá a este notable viejo huamanguino, anónimo, se le debe mucho de los relatos históricos de esa bella ciudad. La gente rápidamente aceptaba las canciones del veterano, las aprendía i las cantaba en todo momento. Gran número de ellas se han convertido, con el tiempo, en una suerte de himnos locales i regionales. Por esas callecillas se veía caminar a un jóven de unos 17 o 18 años que -algunas veces raudo i otras con paso lento- cruzaba la Plaza de Huamanga para luego llegar a los límites del pueblo e internarse entre los retamales de abrigadoras quebradas. Hermenegildo Santa Cruz, como se llamaba, llegaba a una pequeña semiplanicie que desobedecía a la pendiente i para ello tenía que caminar alrededor de una roca posada delante del terreno plano la que parecía protegerlo. Allí, pegado a la ladera del cerro, se erguía un viejo pisonay de forma frondosa i hacia el lado opuesto a la roca la naturaleza había dado pinceladas de retamas i de espinosos agaves i tunas. Pero en ese lugar, también, encontraba a su amada, Rosa Abregú, uno o dos años menor que él, quien llegaba al secreto lugar, a veces, antes que Hermenegildo. El encuentro no era muy efusivo ni espectacular pero era motivo de algría para ellos que se notaba hasta en la aceleración de sus respiraciones. Hablaban en baja voz como para que el pisonay, la roca i las retamas nos los ecucharan ni se enteraran de sus planes. El muchacho tendía su poncho de lana de vicuña sobre el rugoso piso, tomaban asiento i comenzaba el acecho jugando con las polleras. Para evitar las dificultades de un nombre tan largo ella lo llamaba como todos lo conocían, Elme o Helme, a lo que él correopondía llamándola con el diminutivo de Rosita, lo que supuestamente ya sabía el pisonay. Se abrazaban i se amaban con tal dulzura i pasión que nadie dudaría que la pareja terminaría formando el hogar más feliz de la Tierra. Las citas continuaron con frecuencia pues deseaban verse a cada instante. Los encuentros no necesariamente se realizaban ese lugar. Algunas veces cuando los padres de Rosa salían a cumplir con sus obligaciones diarias ella se quedaba en casa dando cualquier motivo que fuera útil para amarse allí. Otras veces llegaban a la casa de una amiga de Rosa. Como fondo permanente se escuchaba en la Ciudad Capital las melodías tristes y premonitorias del viejo huamanguino que contaba las historias en cada verso i en cada son. Se les vio también conversando en calles apartadas del pueblo con lo que no conseguían eludir las miradas de algunas llamas i de furtivos caminantes como las del borrachín que algunas veces simuló ignorarlos. Sus escondidas citas podían durar un minuto o menos como varias horas; lo más importante era estar juntos, hacer planes i acariciarce aunque sea por un instante. Los padres de la chica se dedicaban a la agricultura como lo hacía casi todo huamanguino i eran personas muy pobres que bregaban para salir del atollo. La madre atendía los quehaceres domésticos i ayudaba a su esposo en las labores del campo. El padre de Rosa tenía varios oficios destacando en la agricultura, construcción de viviendas i en joyería. Las desesperadas oraciones de la pareja llevaban un mensaje clamante de ayuda divina para escapar de la vorágine de la miseria i sufrían mucho cuando miraban el sombrío panorama que le esperaba a Rosa que ya estaba en edad de matrimonio. Sin embargo, a pesar de las contrariedades ellos también tenían planes para la chica i buscaban a una persona con solvencia económica para comprometerla con la hija. Mientras tanto los jóvenes -que no sabían nada de esas intenciones- le sacaban provecho a las oportunidades. Unas veces ello sucedía frente a sus mudos testigos la roca, el pisonay i las retamas, otras en casa de Rosa i, a veces, en casa de amigos. Cierta vez fueron al lugar de sus citas i, como era usual, se amaron apasionadamente. El relajo posterior sumió a Elme en el sueño. El muchacho no descansó pues una pesadilla lo despertó i súbitamente se puso de pie para mirar a su adorada Rosita. Ella indagó i Elme, pálido i asustado, dijo que en su sueño se había visto al lado de ella, ambos, completamente ensangrentados. La chica trató de calmarlo acariciándolo i hablando de cosas diferentes consiguiendo que su amado olvidara el incidente. Se abrazaron por largo tiempo con los ojos cerrados pensando en nada. Luego Rosa alzó su vista al alto cielo i vio a un enorme cóndor errante que parecía mirarlos i echarles sus malos aires con sus alas. Fue ella, esta vez, la que dio un brinco para ponerse de pie con sorpresa i señalando al cielo le dijo a Elme que el cóndor cuando vuela por encima de personas que se aman es un signo de mala suerte i de desgracias. La pareja se persignó. Elme levantó su poncho i emprendieron el retorno más veloz desus vidas. Un día Jesús Santos llegó a la casa de los Abregú i fue Rosa quien abrió la puerta. La belleza de la adolescente impactó en Santos quien por unos instantes se esforzó para recordar el propósito que lo llevaba a ese lugar. Tragando algo de saliva para recuperarse preguntóle por su padre i ella lo hizo pasar. Jesús i el padre de Rosa se saludaron como si se conocieran por mucho tiempo, tomaron asiento sobre unas piedras cubiertas con piel de carnero i saborearon una bebida caliente. Cuando conversaban sobre unas joyas de plata que el padre de Rosa había hecho, pues Jesús estaba interesado en ellas, la madre se asoció a la reunión. El visitante la saludó con cortesía i la felicitó por tan bella hija que guardaba en casa. La dueña de casa, sin titubeo, lo invitó para que se quedara a cenar con ellos. Así, luego de terminar la transacción sobre los artículos de platería, los cuatro se sentaron en bancos inestables alrededor de una rajada mesa que tenía platos con exquisitas papas, ocas, choclos, humitas i carnes variadas. Jesús mientras comía había fijado su mirada en Rosa en tanto que ella lo evitaba. La astuta madre dióse cuenta de la actitud de Jesús i no dudó en invitarlo para el siguiente día diciendo que su esposo tenía proyectado hacer nuevos artículos de filigrana de plata para vendérselos, lo cual fue aceptado por el maduro hombre. Rosa se dio cuenta de las intenciones de su madre con lo que su desesperación alteró estado nervioso. Rosa tenía el gran amor de Elme por el que guardaba respeto; adoraba a Elme. Jesús Santos no era de su gusto ni atracción ya que era mucho mayor que ella i hasta tenía la misma edad que su padre. Rosa, que había planeado con anticipación acudir a una cita con Elme en una solitaria calle de las proximidades de El Tambo, quizá la más importante para ellos pues fijarían un derrotero para el futuro como pareja, no podía ni sabía cómo decirle a su amado de sus involuntarios compromisos. Frustrada por la impotencia se fue a dormir muy temprano con la esperanza de que algo sucediera en su favor. Momentos antes Jesús había abandonado la casa de los Abregú con el corazón que quería escapar por su boca i fue directamente a buscar a su amigo de tragos de aguartiente a quien le contó haber visto a la muchacha más bella de esos lares i que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para casarse con ella. El borrachín le pidió que no fuera tan rápido con sus propósitos porque Rosa estaba en amores desde hace mucho tiempo con un jóven huamanguino, sin mencionar su nombre, a quienes había visto juntos en muchas ocasiones. Jesús ya no escuchaba nada i sólo contaba el tiempo que restaba para reunirse con la familia Abregú. Al día siguiente Jesús Santos acudió a la casa de los Abregú portando presentes. A la madre le regaló un pañolón azul de fina lana i de maestros acabados; al padre le entregó un par de mulas de extraordinaría energía; por último a Rosa le obsequió un hermoso prendedor de plata i oro que la chica rehusó recibir. De no haber sido por la intervención de la madre de Rosa i ante la mirada autoritaria de su padre, el desaire habría obligado el retiro del visitante; la jóven recibió la prenda sin agradecer. Luego de algunos momentos de incomodidad Rosa i su mamá fueron a preparar los alimentos. Ambas se abstuvieron de iniciar una conversación pues todo lo que aconteció en presencia de Santos había sido molestoso. Algo alejados los varones conversaban seriamente. A Jesús se le veía gesticular como queriendo explicar algo mientras el padre de Rosa lo escuchaba con el mentón apoyado sobre su mano derecha. Luego el esposo llamó a su mujer para que fuera partícipe de la plática con Jesús Santos. El invitado pidió a ambos el correspondiente permiso para desposar a Rosa, lo que generó un cambio en las facciones de la señora, sin darse cuenta que la jóven los escuchaba tras una oscura cortina que escondía su presencia y quien presa de ira se fue a la cocina con apurado paso. La charla continuó por una media hora más i terminó cuando la pareja le dijo a Jesús que hablarían con su hija para comunicarle su decisión. Rosa se casaría con Jesús Santos. El día siguiente fue de total angustia para Rosa. Buscó a Elme desesperadamente para contarle las intenciones de sus padres i las de aquel viejo que se quería casar con ella. Sus intentos fueron vanos, su desazón i el aguacero andino tornaba más lúgubre su estado de ánimo. Llegó a la casa de su mejor amiga para que la ayudara i acordaron que Rosa lo esperaría al lado del viejo pisonay hasta antes del atarceder. No esperó mucho la jóven pues Elme llegó jadeante pero a la vez contento y feliz de ver a su adorada Rosita. En el momento Elme le propuso matrimonio i los ojos de Rosa se llenaron de lágrimas. Fue tal el llanto que las palabras no podían ser articuladas a pesar del desesperado intento de Elme para calmarla. Esta situación aumentó la alegría del mozo pues creía que Rosa lloraba por la felicidad que generaba su propuesta matrimonial. Cuando recuperó la tranquilidad se sentaron en dos piedras contiguas i Rosa le dijo que el paso del cóndor les había traído mala suerte pues sus padres la habían comprometido en matrimonio con Jesús Santos. Fue entonces que Elme le propuso abandonar Huamanga con el fin de vivir sus vidas juntos en cualquier otra parte, lo que fue aceptado por Rosa. Muy pronto acordaron que Rosa debería ir a casa i tomar un equipaje liviano para un viaje sin destino. La guitarra i la voz del viejo trovador de Huamanga comenzaron a fundirse con los truenos i el ruido del aguacero i a veces emergía con sonoridad como compitiendo con los asimétrica asociación de los acordes del trueno i de la lluvia. Rápidamente el cielo oscureció, el aire olía a tierra húmeda, se empantanaron las calles, los transeúntes alargaron i apuraron sus pasos para conseguir un asilo momentáneo i la bella Rosa, en estos avatares, bregaba desesperada para llegar a casa. Por fortuna pasaba por allí Jesús Santos quien con cortesía le ofreció su fino poncho para que se protegiera i de esta manera pudiera alcanzar su domicilio. Jesús se despidió con mucha amabilidad i Rosa fue directamente a la cocina para entibiar agua i lavar sus pies i piernas. Luego arregló alguna ropa que debería llevar para su fuga con Elme. Por un canal desconocido los padres de Rosa llegaron a saber de su relación amorosa con Elme i le prohibieron que la continuara pues tenían pensado que ella se casaría pronto con Jesús Santos. Fue esta la oportunidad que tuvo Rosa por primera vez para decirles a sus progenitores que ella amaba a Elme i que su relación con el muchacho ya pasaba los dos años i que, además, era con él con quien deseaba formar un hogar. La madre le dijo que ella i su padre ya habían decidido que su matrimonio con Jesús se realizaría pronto, muy pronto, recomendándole que se vaya preparando para la boda. Sospechando que Rosa haría cualquier cosa por volver a ver a su enamorado le prohibieron salir de casa i mantuvieron sobre ella una cercana vigilancia. Fue tanta la presión, en los siguientes días, que soportó la chica que terminó por doblegarse i aceptar la decisión de sus padres. Con el paso de los días la angustia de Elme por ver a Rosa se agrandaba. Acudía a casa de amistades comunes para que lo ayudaran a contactar con su amada; caminaba día i noche frente a la casa de su enamorada con el fin de, por lo menos, conseguir una seña de ella; i, a veces, permanecía parado en las cercanías por varias horas pero sólo veía salir o entrar a los padres de la chica a los cuales evitaba. La vida de Elme se convirtió en un suplicio i se acababa a cada instante como seguramente estaba terminando la de su adorada; casi no comía ni dormía; rezaba en todo momento i también lloraba desconsolado. Cierta vez, como último recurso i venciendo a la timidez, tocó la puerta de la casa de los Abregú siendo atendido por el papá de su Rosita quien le dijo que no quería que se acercara a su hija porque ella había sido comprometida en matrimonio i que tampoco lo quería ver merodeando su casa. Cuando se retiró cruzó por su mente el vaticinio de mala suerte de Rosa cuando asustada vio al cóndor volando sobre ellos. La boda destacó por su simpleza. El rostro de la novia no mostraba la alegría ni los nervios que causa un acontecimento como este. La tradicional misa trentina en latín se realizó muy temprano i los novios se posaron frente al altar. Rosa no levantaba la cabeza; estaba apesadumbrada i melancólica. Sólo lo hizo cuando el cura la conminó para que respondiera sí aceptaba por esposo a Jesús Santos. En ese momento miró hacia el lateral i vio a Elme. Las lágrimas borbotearon i el cura sonrió creyendo que era la emoción de la chica. Elme respondió con una cascada de lagrimones que lo obligaron a retirarse. El borrachín los miró con compasión. Rosa no repondió a la pregunta del cura sino lo hizo la madrina o alguna otra persona acompañante. El cura miró a la persona que dio la respuesta i la ignoró. Luego prosiguió apuradamente con la ceremonia declarándolos marido i mujer hasta que la muerte los separe. Ganó el cóndor. Las semanas siguientes se fueron consumiendo i el estado de ánimo de Elme fue mejorando. Había decidido rehacer su vida e intentar una nueva e imposible: una vida sin Rosa. Desde muy temprano iba a su chacra para entretenerse roturando el suelo i penetrando en él la semilla. Trabajaba hasta el agotamiento físico para luego descansar en un largo sueño. A veces iba a reposar a la guarida del amor donde sus silenciosos amigos parecían tristes. Pasaron los meses i la rutina del campesino compenetrado con la tierra quedó más i más definida. Pero cierta vez cuando dormía rodeado de retamas en ese lugar de tantos gratos recuerdos lo despertó la suavidad de una mano que acariciaba su cabeza. Sobresaltado vio que quien interrumpía su sueño nuevamente era Rosa. Se abrazaron con fuerza sin mencionar una sola palabra i así estuvieron por muy largo rato. A partir de ese momento las citas se hicieron frecuentes, particularmente cuando Jesús, por razones de negocios, se apartaba de su casa por varios días i hasta por semanas. Durante esas noches Elme lo reemplazaba. Los amantes siguieron tomando riesgos con la protección de la soledad nocturna. A penas si uno que otro tardío huamanguino llegaba a casa, caminando por esa calle de El Tambo, luego de las cotidianas faenas o a veces lo hacía el borrachín que en su curvosa caminata le increpaba a la noche que no le dejaba ver su sombra i quien nunca dejaba de aproximarse a la casa de su amigo tan sólo para mirar. Si bien era cierto que aquellas noches eran de felicidad excelsa, también ellas eran de constante nerviosismo porque cualquier ruido extraño generaba en Rosa un sobresalto. De inmediato ella despertaba a Elme diciéndole que alguien se aproximaba y al muchacho respondía tomando sus vestimentas para salir de inmediato. Pero todo no pasaba de falsas alarmas de Rosa que en su nerviosismo creía que su marido era el que asomaba. Así, Elme prefirió no hacerle caso i continuar durmiendo. El marido de Rosa comenzó a sospechar de ella. Quizá encontró una seña en su casa que diera motivo para ello o tal vez fue el borrachín del pueblo con quien, cierta vez, se le vió conversando por largo rato sin tomar un trago o quién sabe si fue informado por otra persona. Cierto día salió de casa muy temprano para uno de sus acostumbrados viajes que lo llevaba a la caza de orfebres de platería. Realmente el viaje jamás se realizó sino que Jesús Santos fingió tal escape para retornar a casa después de la medianoche pensando que si sus sospechas eran infundadas i propias de los celos, Rosa lo recibiría con agrado. Una madrugada de 1831, antes que el gallo hiriera la aurora con su resquebrajado canto, Rosa despertó asustada i trataba de despertar a Elme para decirle que había tenido una horrible pesadilla en la que se veia en grandes charcos de sangre, pero Elme ya no le hacía caso i continuaba durmiendo. De pronto fueron los perros los que avisaron que alguien se aproximaba i Rosa desesperada se esforzaba para sacar a Elmer de las profundidades de su sueño pero todo era infructuoso. Luego se escucharon, cada vez más cerca, el castañueleo pausado de los cascos de un caballo. Rosa seguía con los intentos de despertar a Elme de su placentero dormir. Alguien tocó la puerta varias veces i Rosa se dijo que todo era irremediable. Esa madrugada Huamanga fue invadida por gritos desgarradores. Jesús Santos al encontrar a su desleal esposa con otro hombre, tomó un filudo cuchillo que lo clavó en el corazón de Elme i en otras partes de su cuerpo. Rosa trató de menguar la locura de su marido pero éste -con un movimiento circular de su brazo- pasó el cuchillo por la garganta de la mujer para terminar con varias puñaladas en su cuerpo. Los cuerpos quedaron encharcados en sangre i juntos, tal como aquella vez, al lado del pisonay i las retamas, los vio Elme en su horrorosa pesadilla. Con el rostro demacrado, la mirada perdida, las manos ensangrentadas i el alma destrozada, Jesús Santos salió de su casa dando gritos estremecedores. Había perdido la razón i hablaba incoherencias. Se le vio haciendo los mismos gestos todos los días posteriores. Ya no tenía las manos con sangre pero siempre las mostraba para que vieran lo que nadie podía ver. Un día comenzó a caminar sin destino i sin esperanza i no se se le vio jamás ni nunca se supo de él. Dos días después del crimen pasional los cuerpos de Elme i Rosa fueron sepultados separadamente i en ese ambiente oscuro i de pena se escucharon los lamentos de un huayno tristísimo que escapaban de la guitarra i la voz rajada del viejo trovador huamanguino. En esa melodía desgarradora contaba el triste destino de Elme i Rosa.
Versos tomados de La Sangre de los Cerros por Rodrigo, Luis y Edwin Montoya |