![]() |
||
|
|
||
|
DE CUANDO UN AYAYERO HIZO TRÍO CON GAMARRA Y
SALERNO
Por Niko Cisneros |
||
|
Era una gris noche invernal, noche tenebrosa. La lluvia fina
humedecía y perlaba los viejos techos de la apacible Lima de
Antaño. La luna parpadeaba de vez en vez, abriéndose
dificultoso paso sobre los densos nubarrones. La ciudad dormía
plácidamente arropada en el silencio y las sombras
mordían sus calles desiertas.
De pronto fue turbada la quietud de la calle de San Lázaro, que siglos antes fuera el arrabal de su nombre, lugar de consuelo para leprosos indios y negros. Una puerta se abrió bruscamente y el resplandor de una casa en vigilia dio sobre el empedrado. Rumores salieron al exterior. Choque de vasos al brindar, criollo bordonear de guitarras y voces sonoras modelaban una sabrosa marinera. Las palmas y los cuerpos sudorosos hicieron alto. Aplausos y felicitaciones. había jarana y de las buenas pues cantaban Gamarra y Salerno. Los hombres pasan y los recuerdos quedan. Hace muchos años que el retiro apartó al dúo Gamarra y Salerno, mediante una muerte inesperada, pero hasta el presente se le recuerda con cariño y con respeto. El tiempo ha rendido su homenaje a estos dos criollos, honra de nuestro bello cancionero. Eran limeños. Gamarra nacido en el criollo Huancavelica al finalizar el siglo 19. Salerno bajopontino, avecindado en La Medalla y algo menor que su primera voz. A ambos los unía aquel barrio famoso donde el camal era la cuna de toreros, faites y cantores. A más de eso, muchos símiles los hacían paralelos. Excelentes voces, alegres o sentidos en la interpretación, de simpático aspecto, amantes del buen vestir y los modales distinguidos, fueron ídolos de hombres y mujeres de dos generaciones. Sobrios, pero eficientes catadores, y siempre dispuestos para la jarana. Aquella noche le daban prestancia a la fiesta de aquel hogar de San Lázaro. Habían llegado poco antes de la medianoche para dar serenata al amigo íntimo y entrañable y se habían dado con una premeditada señora jarana de vísperas. Las consecuencias: una trasnochada feliz y generosa. Era la madrugada del 4 de julio de 1919 y mientras el grupo bailaba, cantaba, reía, bebía y comía, en el Palacio de Gobierno don José Pardo dejaba el sillón presidencial y en él se sentaba don Augusto B. Leguía al frente de un grupo de conjurados, después de un golpe revolucionario que no costó una sola gota de sangre. La puerta de la casa de San Lázaro volvió a cerrarse después que tres hombres abandonaron su interior. Nuevamente la oscuridad, pero que con el avance de las horas los iba diluyendo ante el empuje del naciente sol. Los trasnochadores eran Gamarra y Salerno y el tercero era su "ayayero". Había discrepancia física en el terceto. Aunque todos ellos ostentaban vestidos graves, cuello duro bajo el "cachiné" de seda y sombrero de fieltro, la silueta del tercero era distinta. Cojeaba ligeramente y su estatura era pequeña. Este era el "ayayero" Martínez que portaba las guitarras de Gamarra y Salerno. Y allí iban por Trujillo con el cuello del saco doblado en son de abrigo y los zapatos de charol humedecidos por la garúa. Llegaron al viejo puente de Monteclaros mientras la luna fugaba definitivamente. Los tacos arañaban el adoquinado y ya iban a tocar vereda cuando en un recodo de viejo barandal surgió la figura de dos cachacos de azul con largo revólver en cartuchera y recio palo cilíndrico en donde se leía la irónica inscripción: "La ley". Los cantores y el "ayayero" se sorprendieron al ser interceptados. Estaban ajenos al suceso político del golpe de Estado y se enteraron que por "orden superior" estaban arrestados porque se había prohibido el tránsito por las cercanías del vetusto Palacio de Pizarro. Después de la protesta, los "cachacos" reconocieron a los integrantes del popular y famoso dúo Gamarra y Salerno, permitiéndoles dar un rodeo por el Puente Balta y siguieran su camino. Pero Martínez debía ir preso por haberse insolentado y por no ser cantor, motivo principal de la disculpa. Mas éste invocó su categoría de "ayayero". Los custodios del orden ante la burla que creían ser objeto, desenfundaron "la vara de la ley" , cuya madera cortaba como bisturí. Intervinieron los amigos y para probar que el "ayayero" también cantaba con el dúo sacaron a relucir las guitarras, previo guiños entre ellos. Gamarra y Salerno entonaron con sabor y donosura el comienzo que rezaba así: "El amor mío se muere..." y rápidamente el "ayayero" Martínez interrumpió para decir: "paren las guitarras que aquí entro yo". A renglón seguido cantó con desentonada voz "ayayay". Y a cada momento, mostrando el rostro con susto y mientras se congestionaba el de los cantores por la risa contenida, el "ayayero" siguió interviniendo en los siguientes versos que, como ya se ha dicho, sólo tenía opción a exclamar musicalmente "ayayay" porque Gamarra y Salerno cantaban lo demás. "El amor mío se muere... ayayay y se muere de frío porque tu pecho de piedra... ayayay no quiere pues darle abrigo Me aconsejan que te olvide... ayayay los que no saben querer como si fuera tan fácil... ayayay olvidar a una mujer. Ya me subí al alto pino... ayayay a ver si te divisaba y el pino como era verde... ayayay de verme llorar, lloraba." Minutos después los tres solitarios caminantes se movilizaban por la Alameda del Marañón ríendo y bromeando ya que los "cachacos" habían quedado convencidos de que ya el dúo se había convertido en trío y que lo integraban Salerno, Gamarra y Ayayero. La tierra dura los llevaba al republicano Pente Balta y las ramas bajas de los tilos y encinas saludaban al pasar. Entre las hileras de árboles el sol radiante surgía y el naciente día se agitaba; luego el puente sobre el seco cauce tapizado de arbustos y los hilos de agua cantando al caer en los estanques naturales. Después... "Hasta luego hermano". |