EL VALS Y SUS PATRIARCAS
Por Alfredo Grados
 
   
Con gradualidad pasmosa pero segura el vals peruano y toda la canción criolla, comenzó a ocuparbardo más y más espacios de la vieja danza, mazurkas, polcas y valses vieneses e invadió todo ámbito social hacia mediados del Siglo XIX. Teatros, verbenas, ferias y festivales se convertían, en los primeros momentos, en los escenarios que comenzaban a reemplazar a las retretas de bandas militares en plazoletas con glorietas urbano-costeñas. Ese ritmo gradual lo inicia la llamada Guardia Vieja con valses de versos metafóricos de grandes poetas como Mariano Melgar, Federico Barreto, José Santos Chocano y de tantos otros anónimos; versos tristes casi todos ellos pero de una belleza tan incalculable que hasta nuestros días se encuentran en la categoría de 'infaltables' en reuniones de criollos.

La Guardia Vieja se batió a duelo con la banda de músicos para imponer el arte espontáneo del perdurable género y con ello rezó la defunción musical a esa tropa de músicos e instrumentos que por su tamaño y sonoridad descomunal no tenían cabida en una sala de callejón. Pero cabe anotar que es indesdeñable la enorme contribución de las bandas militares a la difusión de nuestro acervo musical porque sin ellas no se hubiera tenido un motivo para la búsqueda de una alternativa. La sustitución se dió en todo ámbito público también, aunque por las limitaciones de la técnica de esos entonces, la calidad de las voces y las guitarras se apreciaban con nitidez en recintos no muy amplios. La posterior aparición del exagonal micrófono y del altoparlante significaría el epílogo del duelo por el escenario central. La banda de retretas en las plazoletas quedaba atrás y era reemplazada definitivamente por la guitarra, la vihuela, la mandolina, el cajón, las castañuelas, el rondín, el pito y hasta por las cucharas de alpaca. El piano y el violín, como hermosos resabios de la época que se dejaba, se mantuvieron vigentes, particularmente el piano que resultó, muchas veces, imprescindible. Así, la guitarra entra en las casas y sus lloronas cuerdas comienzan a ocupar los espacios de las vecindades bajo la vigilacia de la intemperie que se incomodaba con la llegada del inoportuno arrebol mañanero.

La música criolla -costeña y ciudadana- tuvo en sus orígenes en una suerte de trovadores y caminantes que detenían sus pasos en cada esquina o, a veces, en ciertos balcones. Gente humilde y culta que valoró los esfuerzos de poetas anónimos y de los galardonados para tomar de ellos sus versos y arroparlos con la música. Pero también dichos personajes de la Guardia Vieja tomaron sus propios versos para vestirlos diáfanamente con melodías hermosísimas. La aparición de La Palizada, vals de Alejandro Ayarza "Karamanduka", marca el bautizo del criollismo de alegría y jolgorio y hereda de la Guardia Vieja guitarras, castañuelas, cajón y otros instrumentos de acompañamiento. Con Ayarza nace el vals alegre, de jolgorio y de jarana. El vals de "Karamanduka" no sustituye al anónimo de la Guardia Vieja sino que añade al género el vals alegre 'para olvidar las penas'; el vals que comienza a bailarse abandonando las reglas europeas pero poniendo en práctica las del 'recunteco y el taconeo'; el vals de voces espontáneas para animar el ambiente; y, el vals que sirve de partida de nacimiento de la alegría criolla en el Perú.

Desde el nacimiento de Alejandro Ayarza 'Karamanduka' en 1884 hasta 1920 aproximadamente cae sobre el Perú un maná de compositores llamados Los Patriarcas, a quienes se les debe gran parte del acervo criollo peruano. Contemporáneos de Ayarza son, entre otros, Manuel Quintana [1880] llamado "canario negro", experto zarzuelero de Malambo, y Guillermo Suárez [1888], zapatero compositor de vestimenta futre y de cuello duro. En los siguientes años nos llegan el gran Felipe Pinglo, Pedro Bocanegra, Carlos Saco, Benigno Ballón, César Miró, Eduardo Márquez Talledo, Manuel Raygada, Mañuco Covarrubias, Pablo Casas, Víctor Correa, Braulio Sancho Dávila, Augusto Rojas Llerena, Amparo Baluarte, Serafina Quinteras, Alcides Carreño, Alberto Condemarín, Filomeno Ormeño, Lucho de la Cuba, Laureano Dartínez Smart, David Suárez, Lorenzo Humberto Sotomayor, Jorge Huirse y con el pedido de perdón a quienes perteneciendo a esta pléyade de maestros no han sido nombrados por una traición más de la memoria.

La historia de la música criolla nace con ellos y de ellos recibimos el gran tesoro literario de sus respectivas obras. Acaso si la mayor parte de las composiciones nacionales germinaron de esos humildes hogares barrioaltinos, bajopontinos y chalacos sin desdeñar la enorme contribución provinciana de Bocanegra, Ballón, Huirse, Correa Suárez y Reyes Pinglo que llegaron a la bohemia limeña de sufrimientos y alegrías. Zapateros, panaderos, artesanos, ayudantes de calderero, obreros y albañiles son los oficios que muestran la trayectoria de la vida esforzada de la mayoría de esos geniales compositores de jaranas de resistencia; muchos de ellos murieron por las complicaciones del mal de la bohemia y de la jarana a tal extremo que la muerte los llamó a hora temprana, curiosamente entre los 27 y 37 años de edad. Tuvieron tiempo suficiente para legarnos el tesoro preciado de su obra.
 

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