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¡PERLASCHALLAY!
Por Felipe S. Díaz Vargas * |
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¡Adiós pueblo de
Ayacucho, perlaschallay·!
Las notas musicales se desprendían como granos de choclo maduro, y sin detenerse en las cinco esteras hechas casa que cortaban de manera rotunda el cielo y el arenal, fueron a encontrarse con las tunas y eucaliptos de tierra adentro, robotaron en todas las campanas de la iglesias de la ciudad y convertidas ya en fuego de artificio penetraron al palacio de gobierno, donde heridas de desesperanza se perdieron definitivamente. Acaso el guardia de palacio, convertido en guacamayo por obra y gracia de algún titular de la Dirección General de Uniformes, sintió arrugarse algo en su pecho, por un instante al paso de las notas, pero luego se consoló pensando que era el fecto de los chicharrones con cancha que comiera en la mañana en Polvos Azules, allí nomás, de la esquina a la izquierda. Curiosamente, allá como quien va a Canta, en aquel cubo de esteras sembrado en el arenal, igual a otras treina chozas en las que se habían transmutado sus casas de techo rojo rodeadas de chacras verde-amarillento, verde oscuro, verde-verde de la provincia de Huanta, no tenían aparato de radio alguno, mucho menos tocadiscos, lujo impensable para las tres personas -la mujer y sus dos hijos- que habitaban los cuatro metros cuadrados. No, la música ya habitaba en ellos, desde aquel día en que ebrios de dicha de sentirse vivos, con los pies poco acostumbrados a la arena terrosa, bailaron cantando ¡perlaschallay!· hasta que casi consiguieron ver la aurora sonrosada de su tierra y sentir el olor de habas frescas junto al río alegre y cantarín. ¡Abran la puerta carajo! No fue un aviso. Ni siquiera una orden. La flebe puerta de Madera gastada se astilló ante el ariete de una bota. Luego fueron sombras golpeándola, maldiciendo y preguntando por el hijo de puta. Cuando todo terminó y las primeras luces entraron por las rendijas de la ventana y a través del boquete de la puerta destrozada, no quedaba nada: ni miedo, ni odio, ni dolor· solamente un profundo vacío; una flojedad de músculos que sostenían a duras penas una piedra que latía delicadamente en su pecho. ¿Cuál sera la maldición de tener 18 años? Al fin y al cabo era un muchacho
sano, alegre y admirado goleador del equipo de su barrio, enamoradizo
de lindas chiquillas que le prodigaban sonrisitas cuando pasaba. Lo
único que lo diferenciaba de los demás era su repentina
seriedad y un brillo extraño en sus ojos cuando leía
ciertas noticias en los periódicos. Entonces se perdía
por las calles del pueblo, mimetizado en piedra. Regresaba extenuado,
con la ropa sucia de barro, pero con una expression de exorcizado.
Estas pauses fueron haciéndose cada vez más frecuentes,
hasta que una tarde desapareció para siempre. |