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Retirado
noblemente de Lima San Martín, para llegar al
ocaso de sus días en la playa de Boulogne (17), y desaparecidos
del escenario político don José de la Riva Aguero (18) y
el marqués de Torretagle (19), Bolívar recibió del
Congreso del Perú el poder dictatorial (20).
El sufrimiento de los pueblos, la carencia de recursos pecuniarios, la paralización del comercio, la división de la familia y de la sociedad, tocaban su postrer límite. La lucha con los españoles no podía prolongarse más. Urgía resolver el problema separatista. El ejército Libertador, en la punta de cuyas bayonetas, nunca triunfantes en el actual territorio de nuestro país, lucía la única esperanza de los patriotas, se reconcentró en las provincias septentrionales, tramontó la cordillera y se internó en la zona ocupada por los realistas, que era el valle de Jauja. Constaba de 7000 hombre, 4000 colombianos y 3000 peruanos, y lo mandaba Bolívar. El enemigo formaba 9000 hombres bajo la autoridad del teniente general don José de Canterac (21). La energía de Bolívar, el espíritu organizador de Sucre y La Mar y la decisión de los pueblos por la Independencia, habían obrado prodigios. La joven República disponía de un conjunto de soldados notable por su número, por sus jefes y por sus elementos materiales de todo género (22). No podía ser más atinado el plan que se seguía. En vez de ocupar Lima y de dirigir expediciones por la Costa, se atacaba a los españoles en el centro de su poder y de su fuerza, en la Sierra, aprovechándose de la marcha hacia el Alto Perú de la división del mariscal de campo don Gerónimo Valdez, desprendida de la de Canterac para debelar la sublevación de Olañeta (23). El jefe peninsular cometió el error de no hostilizar a su enemigo en los desfiladeros de los Andes, como no hostilizó Atahualpa a Pizarro y a sus compañeros cuando, penosamente, cruzaban las desconocidas regiones que separaban Piura de Cajamarca. La nueva empresa se asemejaba a la de Arenales, recorriendo, por el interior, desde Ica hasta Huaura; y no a las campañas de Intermedios de Tristán y Alvarado. Las maniobras de ambos ejércitos los aproximaron el uno al otro en las inmediaciones de Pasco. En la pampa del Sacramento, Bolívar pasó revista al suyo y dirigió la palabra, en el tono usado por Napoleón en Italia y en Egipto:
"La
romántica belleza de un lugar tan elevado sobre el
nivel del mar, circuído de las altas cordilleras y cerca del
lago de Reyes, realzaba la solemnidad del espectáculo y la
alegría del ejército" (24).
El 5 de agosto de 1824, Bolívar, precipitado e irreflexivo (25), pues su caballería no podía desplegar bien en el estrecho llano de Junín, presentó en batalla sus fuerzas de esta arma, ascendentes a 900 plazas. El grueso del ejército se hallaba lejos, a una legua de distancia, de modo que un desastre de la vanguardia no tendría remedio y no se sabía las consecuencias que habría de ocasionar. Canterac, que abarcó la situación en el acto, no paralizó la marcha de su infantería, salida de Carhuamayo para Tarma, seguro de que sus 1,200 hombres de caballería, europeos en su totalidad y orgullosos de su disciplina y de sus cabalgaduras, desharían fácilmente la de los independientes, colocada, además, en posición muy desventajosa. Impartió, a las dos de la tarde, la orden de cargar. El movimiento fué brillante. "Los españoles, según don José Hipólito Herrera, dieron sobre el enemigo con tal maestría y vigor que, destrozando su centro y rebasando la línea, contuvieron su ímpetu a retaguardia" (26). La confusión de los colombianos, no obstante la furia con que blandían sus enormes lanzas, se pronunció en el sentido de la derrota. "Don Mariano Necochea -continúa Herrera- llevado por su impetuosidad y olvidando los deberes de su alto puesto, se batía como un león en el ala derecha, que había tomado a su cargo. Fueron vanas sus increíbles hazañas. La dispersión se hizo general." Parecía que el espectro de Boves, acostumbrado, con sus ginetes, a vencer a los patriotas de las riberas del Atántico, se hubiera levantado de entre los sangrientos despojos de Urica. ¿Dónde se hallaba Bolívar? Su experiencia le reveló que la jornada estaba perdida. Deseoso, o de impedir la fuga de la caballería se comunicarse a la infantería, o de mantenerse a la cabeza de ésta para el caso de que Canterac, bajo la sugestión de la victoria, le atacase en seguida, abandonó rápidamente el campo (27). Entonces sucedió algo inesperado por completo. Un escuadrón peruano, compuesto en su mayoría por hijos de Trujillo, Chiclayo y Lambayeque, cuyo comandante era el argentino don Manuel Isidoro Suárez, había sido colocado por el Libertador, en calidad de reserva, detrás de un terreno pantanoso. Como no intervino en la acción, conservaba su línea. El comandante, con arreglo a su propia afirmación, recojida de los labios contemporáneos, no cargó al divisar la retaguardia de la caballería realista que perseguía a los vencidos, porque su tropa era nueva y no la conocía. Suárez vacilaba. Animó, de repente, a sus soldados y se lanzó en la refriega (28). Los peruanos, relegados a segundo término, adquirieron, estremecidos de amor patrio, la consistencia de una masa de bronce (29). A ellos, que podían haber huído, desde que lo hacían también los veteranos tostados por el sol de diversos climas y por el fuego de multitud de batallas, a ellos les correspondía destruir a los soberbios ginetes de Canterac en el momento más crítico para la Independencia. Don Miguel Cortés, de Piura, oficial de una compañía, grita: "¿No hay un español que se mida con un peruano?" "Se le encaró un vigoroso soldado, aceptando el reto. Cortés se arrojó inmediatamente sobre él, y es quien primero acomete, asetándole una recia lanzada que logró evitar con suma destreza; y sin dejar a Cortés el tiempo de retirar su arma al ristre, envióle la suya con tan desgraciado acierto que el bravo joven cayó muerto del caballo" (30). Compacto, resuelto, el escuadrón de Suárez acosaba a los diseminados españoles. Poco a poco los colombianos reaccionaron. Durante tres cuartos de hora de agonía y de heroísmo sonó sobre la nieve de la puna la sola y unísona vibración de la lanza, del sable y del clarín. Canterac cedió el triunfo a los independientes (31) .
Diez
días despés, Bolívar, que en el
mismo sitio de batalla puso a los verdaderos vencedores el nombre de
"Húsares de Junín", decía en una proclama:
Tenía razón el célebre caudillo. Las huestes del hijo de Carlos IV continuaban su marcha, abatidas, desmoralizadas, en medio del asombro de los pueblos. Iban, empujadas por el destino, en dirección a Ayacucho. |