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. . Los peruanos que regresaron del Ecuador sólo trajeron sus laureles: 

no hubo para ellos ni expléndidos donativos en inmuebles de que 
disfrutaran, a orillas del Rimac, los jefes de San Martín, ni los 
millones de pesos botados a favor de los compañeros de armas de Bolívar. .
 


LOS PERUANOS Y SU INDEPENDENCIA
Es creencia general entre no pocas gentes de América y entre ciertos escritores que el Perú nada hizo para emanciparse de la dominación española o que hizo tan poco, que no influyó, sensiblemente, en las contiendas con las armas peninsulares.

Hay algo más. Un país enemigo del nuestro, acostumbra echarnos en cara que necesitamos ser auxiliados por el extranjero para cosntituirnos en Estado autónomo. ¿Ese país no lo necesitó también? ¿No es la sombra del guerrero de San Lorenzo la que vaga por las soledades de Chacabuco y Maipú? ¿No prestó el Perú igual apoyo al Ecuador? En el proceso de la revolución americana, ¿Qué tenía de vergonzoso que unos pueblos socorriesen a otros, sobre todo entonces, en que, por falta de nacionalidades definitivas, no existían fronteras de derecho, con el fin, no sólo de contribuir a romper las cadenas del hermano, sino de consolidar la ruptura de las propias cadenas?

El auxilio más desinteresado fué el que al Ecuador prestó el Perú.

Mientras Bolívar y San Martín venían aquí a destruir la base de organización y de recursos de las huestes enemigas, que amenazaban a todo el Continente, era indiferente para nuestro país, desde el punto de vista práctico, que unos cuantos miles de soldados españoles, aislados, ocupasen a Quito. Los peruanos que regresaron del Ecuador sólo trajeron sus laureles: no hubo para ellos ni expléndidos donativos en inmuebles de que disfrutaran, a orillas del Rimac, los jefes de San Martín, ni los millones de pesos botados a favor de los compañeros de armas de Bolívar. Jamás entabló nuestro gobierno mezquinas reclamaciones por pago de haberes y suministros bélicos.

Como campo de batalla se presentaba la América meridional y como enemigo, España, a la que hoy nos vincula filial afecto. Juntos combatieron en la primera etapa, venezolanos, colombianos y ecuatorianos; juntos combatieron en la segunda, peruanos, colombianos y bolivianos. En la región extrema del Continente, argentinos y chilenos se agrupaban bajo una misma bandera.

Tal es, precisamente, uno de los más bellos caracteres de nuestra lucha por la libertad. Los compañeros de esclavitud, tendiéndose la mano salvadora en un mútuo anhelo y marchando, unidos, a la conquista de un ideal único. Expresar una palabra, escribir una línea adversa al aspecto generoso del gran acontecimiento histórico, equivale a debilitarlo y empequeñecerlo.

Sin desconocer, en lo menor, el reflexivo y enérgico esfuerzo de San Martín, el genial e inquebrantable ímpetu de Bolívar y la extraordinaria intuición militar de Sucre, hemos deseado coordinar y demostrar, en la fecha que simboliza el principio de la era republicana del Perú, la participación decisiva que nos cupo en las tres célebres jornadas que dieron término, sobre el lado del Pacífico, a la supremacía de los vireyes.

Los peruanos que, alta la frente y firme el brazo, entraron en la pelea de Pichincha, Junín y Ayacucho, llevaban en el corazón una gloriosa y sugestiva herencia. Ante ellos surgía la visión de José Gabriel Túpac Amaru, el último que ostentó el título de Inca, mandado descuartizar, atado a cuatro caballos, en la plaza del Cuzco, por el visitador José Antonio de Areche; de Felipe Velasco, caudillo de los indios de Huarochirí, arrastrado hasta el patíbulo de la plaza de Lima, a la cola de una mula de alabarda; de José Manuel Ubalde y de José Gabriel Aguilar, que rindieron la vida en los albores de una conspiración; de Francisco Antonio de Zela, el héroe tacneño, conducido entre cadenas al presidio de Chagres; de José y Vicente Angulo, víctimas de la dureza despótica del virey don José de Abascal; de Mateo Pumacahua, cacique indio y brigadier español, que rescató con su muerte de patriota su conducta cuando la rebelión de Túpac Amaru; del más joven e infortunado de todos, de Mariano Melgar, que cayó en Umachiri con el nombre de su amada en los labios......

La victoria sonrió a nuestros compatriotas, compensándoles largos años de peligros, sacrificios y dolores con la íntima satisfacción de comprender que, sin ellos, la noche de la operación y de la venganza hubiera continuado extendiendo sus negras alas sobre la libertad y el porvenir de América.


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