¿Qué podría, pues, impedirnos devolver a la historia sus fueros y al 

pueblo peruano, en sí mismo, los lauros que se trata de arrebatarle?



OPINIÓN DE UN DIARIO
POR LA HISTORIA PATRIA

El señor don José Augusto de Ízcue, Director que es hoy del Ministerio de Instrucción Pública, escritor y poeta no poco fecundo y de muy cultivada forma, ha contribuído -casi por excepción, dicho sea de paso- a las fiestas de Aniversario, con un artículo de carácter histórico y patriótico que, viniendo de tan autorizado funcionario, constituye algo así como un ejemplo de lo que están llamados a hacer los escritores nacionales en ocasiones de ésta naturaleza.

Parece que el propósito del señor Ízcue al trazar esas líneas, fué demostrar, con una rápida exposición de los hechos culminantes de la guerra de la Independencia, cuanto tiene de injusta la tesis de algunos escritores chilenos, ecuatorianos y también argentinos, acerca del escaso, insignificante -para algunos negativo- concurso prestado por el Perú a la faena de la emancipación americana. Obedece, sin duda, a esa idea la descripción entusiasmada y, por lo mismo, no exenta de errores históticos, que nos ofrece de las batallas de Pichincha, Junín y Ayacucho, en que las armas nacionales, unidas o incorporadas a las de Colombia y otros Estados, nos dieron las victorias inmarcecesibles que llevan tales nombres.


Pero escribiendo para un artículo de diario sobre tan delicada materia, no era fácil que el señor Ízcue llenara su objeto, pues bien sabemos que toda la comprobación histórica reclama acopio detenido de antecedentes, noticias, informaciones y, sobre todo, documentos históricos, cuya síntesis sería imposible realizar de momento y en las estrechas dimensiones de una hoja política.


Con todo, hay que agradecer al laborioso y fecundo Director de Instrucción Pública tan oportuno y meritísimo afán. El puede servir, por lo menos, para encaminar a otros, no tan embargados como él en las faenas de la Administración, a la realización de una obra que reclaman, de consumo, la necesidad de reconstruir, sobre bases estrictamente científicas, la historia de la emancipación americana, el sentimiento de la dignidad nacional, ultrajado por las opiniones de historiadores extranjeros y aún los nuestros, han vertido sobre ella y el deber moral que tenemos de revindicar nuestros títulos en el proceso histórico de aquel magno episodio.


Hace ya largos años que un historiador chileno, Gonzalo Bulnes, en el estilo ardoroso y sugestivo que le es peculiar, pero con falta de serenidad y profundidad en la investigación que caracteriza a todos los historiadores de ese país, comenzó a publicar una serie de libros destinados a presentar al Perú como un pueblo exento de virtudes patrióticas, refractario a los nobles entusiasmos de la libertad y dispuesto a prestar su concurso a los despotismos y opresiones políticas. El desarrollo de esa tesis dio a luz, primero, su libro titulado 'La expedición libertadora' y, un poco después, 'Las últimas campañas de la Independencia', en que fué hasta pretender que la emancipación del Perú y del Alto Perú se había realizado contra la voluntad de esos pueblos; y, algo más tarde, escribió una historia de la Confederación Perú - Boliviana; libros todos empapados en el empeño de justificar, por medio de un desenvolvimiento histórico puramente fantástico, la conducta posterior de su patria en sus relaciones con el Perú.


Detrás de Bulnes han venido otros escritores de menor cuantía que, tomando como pretexto, unas veces, los intereses comerciales, y otras, las relaciones diplomáticas, han proseguido esa innoble tarea de devastación moral del Perú, falseando su historia, y que vendría a servir de complemento, en la nuestra, a la obra de devastación material y económica que nos trajo la guerra de 1879.


Hace ya mucho tiempo que ha debido emprenderse la refutación de esos libros. El Perú no puede consentir en que así se mistifique la verdad y, con ella, la de un acontecimiento de tanta trascendencia como la emancipación americana. La tesis que informa esas obras y los hechos en que aparece sustentada, son falsos: poseemos el mejor archivo oficial de esos tiempos y se conservan vírgenes, todavía, los que pertenecieron a los jefes militares de la gran epopeya. ¿Qué podría, pues, impedirnos devolver a la historia sus fueros y al pueblo peruano, en sí mismo, los lauros que se trata de arrebatarle?


El Presidente de la República se complacía, hace dos noches, inaugurando el Instituto Histórico del Perú, y expresaba su confianza en que, con el ilustrado concurso de sus miembros, se reconstituiría el edificio de la historia nacional. Pues bien, allí tienen el Gobierno y el Instituto Histórico un medio de comprobar el provecho de su organización. Recojan la idea, tomen a su cargo la faena esbozada por el Director de Instrucción Pública y promuevan la elaboración de un obra que abarque el noble y justiciero pensamiento de restablecer la verdad histórica así adulterada, y habrán realizado una obra positivamente provechosa para la honra y el prestigio de la República.


          (El Tiempo de Lima, 31 de julio de 1905).

Retornar