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"El Gobierno de Colombia se reconoce deudor de una gran parte de la victoria a la división del Perú." Simón Bolívar |
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Proclamada, en 1821, la Independencia del Perú
por don
José de San Martín, el Gobierno Protectoral pudo acceder
a que un cuerpo de tropas pasase del nuevo Estado al territorio de la
Capitanía General de Quito, para tomar parte en la
campaña emprendida por don Antonio José de Sucre,
según instrucciones del Libertador de Colombia don Simón
Bolívar.
Formuló el pedido Sucre en nota a San Martín, fechada en Guayaquil el 13 de marzo, antes que el ejército expedicionario, desembarcado en Pisco y trasladado a Huaura, hubiera entrado en Lima. Leénse líneas como estas:
La Junta gubernativa que funcionaba en el referido
puerto
bajo la presidencia de don José Joaquín de Olmedo,
exponía, por su parte, a San Martín el 19 de agosto:
Vencido Sucre en Ambato (3), la misma Junta, el 17 de
setiembre, acudía de nuevo al ya Protector del Perú, en
los siguientes desolados términos:
El mando de la división auxiliadora, fuerte de
1500
plazas (5), se confió al coronel don Andrés Santa Cruz,
natural de la futura Bolivia, que había servido en las filas
realistas y que, como muchos otros americanos, quedó incorporado
entre los defensores de la autonomía del continente, en la
primera oportunidad: su residencia en Trujillo, a raíz de la
derrota que al brigadier español don Diego O'Relly (6), cuya
caballería estaba a su cargo, infligió en Pasco el
distinguido teniente de San Martín don Juan Antonio Alvarez de
Arenales (7).
Santa Cruz atravesó la frontera por el río Macará, libertó a Loja y, unido en Saraguro a Sucre, a quien correspondió ser general en jefe, entró en Cuenca. Los españoles reconocían como principal autoridad, por muerte de don Juan Cruz Mourgeon, a don Melchor Aimerich, y contaban con un ejército de más de 3,000 hombres (8), superior en número, aspecto y disciplina al perú-colombiano, pero no en valor y constancia. Los soldados de Sucre eran veteranos de los llanos de Venezuela y de las vegas de Nueva Granada. Los de Santa Cruz, recién salidos, la mayoría, de sus hogares y adiestrados con rapidez en los ejercicios de la milicia, habían demostrado, en largas y fatigosas marchas, todo de lo que serían capaces. A consecuencia del favorable combate de Riobamba (9), los independientes avanzaron sobre Quito y ocuparon las posiciones dejadas por el enemigo, el que juzgó estratégico retroceder a las cercanías de la capital y, situado en Machache, defender el paso de Jalupana. Después de diversas maniobras, reveladoras de la competencia técnica y de la unidad de miras de Sucre y de Santa Cruz, y de haber rehusado los españoles la batalla que se les presentó en Turubamba, el interés de ambos ejércitos se contrajo a dominar a Quito desde el Pichincha. De noche y batida por la tempestad, una parte de la división de Santa Cruz que, con el batallón Magdalena, constituía la vanguardia, lo cual manifiesta que Sucre la consideraba tropa selecta, cruzó el egido de Iñaquito, donde pereció el virrey de Carlos V, Blasco Nuñez de Vela, y aventurándose por veredas pendientes y escarpadas, logró coronar, en la siguiente mañana, los flancos del volcán. Ahí, junto a los ígneos elementos elaborados por la naturaleza, a 4,600 piés sobre el nivel del mar, delante de 40,000 espectadores, iban a chocar, con terrible estrépito, republicanos y realistas. La subida de los segundos tropezó con el obtáculo del batalloón número 2 del Perú que, a órdenes de su comandante don Félix Olazabal (10), abrió un nutrido fuego. Cejando el batallón, la acción estaba perdida. El grueso del ejército de Sucre, que siguió a Santa Cruz, no había formado en línea de combate: predominaba en sus filas la confusión inevitable de una marcha acelerada y de una ascención muy difícil. Como los independientes en Ayacucho, los realistas, rompiendo enérgicamente la primera barrera, arrollarían con seguridad masas de infantería no desplegadas según las exigencias tácticas. Los peruanos se mantenían firmes. Los reiterados, ardorosos ataques dirigidos a su frente y a sus flancos, durante más de media hora, por el grueso del ejército enemigo, fueron rechazados, a bala y a la bayoneta, sin vacilar. Los batallones Piura y Yaguachi reforzaron al número 2. Llegó el batallón Paya. Frustrado un ataque contra la retaguardia de Sucre y distribuídas municiones de reserva, sacadas del parque de que se dispuso en el instante preciso, todo debido a la previsión de los jefes, los independientes, con un impulso general, sostenido por el batallón Magdalena, que intervino en la lucha de refresco, y encabezados por el coronel don José María Córdova, derrotaron a Aimerich (11). La caballería, que tanta admiración despertó en Ríobamba al cargar sobre los escuadrones españoles de don Carlos Tolrá, y que no pudo combatir por las condiciones del terreno, impidió, en la llanura, la reorganización de los vencidos y su marcha a Pasto. El tiempo de la acción, terminaba al medio día, alcanzó a tres horas. Entre los episodios de valor personal, descuella el del joven teniente ecuatoriano don Abdón Calderón. Cuatro veces herido se opuso a que le retiraran del campo, y animaba a los soldados de su compañía. "Murió, lleno de dolores al amanecer del día 25" (12). Relata el parte de Santa Cruz:
Continúa el parte:
Torrente recuerda, en frase melancólica, que,
al
sepultarse el dominio del rey en el territorio de Quito, se
cumplían 280 años cabales de que el pabellón de
Castilla tremoló en él por primera vez (14).
El Libertador, desbordando de gratitud hacia los peruanos, promulgó, el 18 de junio, llegado que hubo a Quito, un decreto por el cual otorgaba excepcionales honores a Santa Cruz y a sus soldados. El art. 5to. dice a la letra:
Los habitantes del
país en que
se libró la batalla de Pichincha debían detener los ojos
en el decreto de Bolívar, siempre que un sentimiento de
patriotismo mal entendido, o las intrigas internacionales, hagan
fermentar en ellos hacia nosotros el más inverosímil de
los rencores. |